Espero que ella despierte y pueda llevarme al jardín para poder estirarme. Me cuesta mucho levantarme solo. Mi cadera ya no tiene la fuerza de antes, es mucho menor a mi fuerza de voluntad.  Cuando venga  saldremos a dar un paseo, pretenderé que puedo trotar un poco y quizá así la pueda ver sonreír, aunque sea un momento. Estaremos juntos y me llenará de caricias. Añoro esos tiempos donde podía correr, fingir que me escapaba, aunque no me fuera más que unas cuadras.

Sabe que no tengo tanto tiempo de vida. Lo noto cuando me ve a los ojos y me acaricia. Es una mirada similar a cuando llegué por primera vez y me prometió protección y amor absoluto. Hay un tinte de impotencia en esa mirada. Como quien quiere dar más de lo que puede.  Ahora me mira así. Sabe que juntos, tenemos los días contados y a pesar de eso me ve como si nunca nos fuéramos  a separar; me pregunto si esa seguridad viene de ella o de mí…

No tengo miedo. Es tan solo una sensación de ir perdiendo algo poco a poco, aunque tan solo sea un aliento. Mi cuerpo pesa más que antes. Valoro más el calor que el frío. Y la compañía…. esa siempre me gustó. Sólo con estar ahí, escuchar los tecleos de la computadora, oler lo que cocina,  sentir cuando está feliz y juega, también cuando ya no puede más…. cuando llora. Me quedo a su lado. Me acuesto. La veo. La escucho. Siento lo que siente. Y aunque no pueda acariciarla de vuelta,  la acompaño.

Supe que se reducía mi tiempo de vida cuando todo el tiempo tenía frío, cuando ya no podía masticar ni levantarme solo. Cuando dormía mucho y apreciaba más la tranquilidad; cuando recordaba menos momentos del día.

En el jardín, atrás de esa sábila que todos dicen que tiene más de 60 años, hay un hoyo.  Ahí, un día tendré que ir a dormir. Será el lugar donde me encuentren y sólo tengan que cubrirme con cal y más tierra. Ahí  nadie se dará cuenta de mi cuerpo, me ocultaré de la rabia e impotencia, del sentir el paso del tiempo.

Hoy es el día. Ella se fue y probablemente tarde un par de días en volver. Cuando vuelva ya no estaré. Se acordará que fue ese el momento de nuestra despedida. Me cargó por última vez, me levantó y ayudó a balancear el peso en las cuatro patas. Me sostuvo después unos segundos, sabiendo que las patas traseras necesitaban más tiempo para apoyarse. 

Hice lo mismo, intenté caminar, luego trotar; volteé a verla que corría a mi lado, motivándome…. Volví a mirarla, a estirar las patas y dejarme acariciar el pechito,  no sé si era su lugar preferido o el mío, pero ambos lo disfrutábamos.

Corrió, pero ya no pude correr de vuelta. Ya no pude comer de vuelta. Se fue. Caminé hacia la sábila… Esas flores en algunos meses brillarán más de la cuenta.

Lucero,
México.